Los gigantes de la energía se enfrentan
A principios de la década de 1910, Winston Churchill ordenó convertir a petróleo, en lugar de carbón, la propulsión de la gigantesca flota británica de acorazados tipo dreadnought. Con ello, cuenta la historia, inauguró la era del poder del petróleo. También, en la práctica, ungió a Estados Unidos —entonces el mayor productor mundial de petróleo— como el hegemón natural del siglo XX.
Si la competencia global está inextricablemente entrelazada con la tecnología y la energía, la forma en que los Estados se abastecen podría anticipar cómo tomará forma el próximo orden mundial.
Hoy, China es un ejemplo clásico de Estado-potencia. Busca energía en todas direcciones, movilizando a un ejército de científicos y la I+D industrial. Estados Unidos, al menos hasta el final del gobierno de Joe Biden, parecía estar en el mismo juego. Gracias al esquisto bituminoso, Estados Unidos se adelantó a Arabia Saudita en la disputa por el petróleo y el gas. El énfasis del presidente Joe Biden en el acero estadounidense tenía un aire retro tipo Tinkertoy, pero al menos Estados Unidos competía en energía verde.
Luego llegó el segundo gobierno de Trump, producto a su vez de una generación de radicalización en el movimiento conservador estadounidense. Hay elementos de su política que son relativamente convencionales: el discurso sobre el dominio energético, el uso de la fuerza contundente para asegurarse una esfera de influencia. Pero también está el negacionismo climático, los ataques a la ciencia, la fobia a las turbinas eólicas. En su versión más sombría, el gobierno adopta una visión del conservadurismo a medio camino entre el steampunk y un catolicismo reaccionario del siglo XIX.
El problema, por supuesto, es que el steampunk no existe y los paneles solares sí; que la inteligencia artificial necesita gigavatios de energía; y que los drones son una amenaza para los acorazados, incluso de la clase Trump. Separarse de la física, la ingeniería eléctrica, los mercados y la comunidad internacional del siglo XXI quizá le sirva al gobierno para irritar a los liberales, pero las pandemias son reales, el petróleo venezolano es realmente pegajoso y el ejército estadounidense moderno funciona con baterías, no con flexiones.
El carácter antisistémico y posfactual del poder estadounidense y su obsesión por el petróleo no se originaron con Donald Trump. ¿Recuerdas a Dick Cheney, George W. Bush y 2003? Los chinos sí. La determinación con la que Pekín ha impulsado energías alternativas durante la última generación refleja su deseo de no quedar sometida a los caprichos de Washington y a su política violenta y caprichosa. China es hoy, ante todo, una gigantesca potencia de energía fósil, con mucho la mayor que el mundo haya visto jamás. Pero su principal fuente de energía es una que Estados Unidos no controla: el carbón. Y, fiel al ejemplo soviético, la columna vertebral del sistema energético chino es la electricidad industrial, solo que ahora es electrotécnica. Para reemplazar con el tiempo sus centrales eléctricas de carbón, China ha alentado a empresarios privados a construir fábricas innovadoras de baterías y paneles solares que hoy dominan los mercados mundiales.
En el horizonte se vislumbra la promesa de un sistema energético mundial basado no en la búsqueda de petróleo, sino en el cultivo del sol. Ese sistema no vendrá sin sus propias complicaciones. En contraste con la grotesca caricatura que ofrece hoy Estados Unidos, resulta tentador pintar a China como un refugio luminoso: aguas claras y montañas verdes, como le gusta decir al presidente Xi Jinping. Pero su sistema también tiene un lado oscuro. Las granjas solares en el Tíbet y las líneas eléctricas en Xinjiang tienen intereses imperiales. La economía de la región es un desastre.
Pero la de China es la verdadera dialéctica de la modernidad, no la versión WWE de Trump. ¿Surge un orden mundial de esta competencia desigual entre gigantes energéticos? ¿Se formarán nuevos bloques de poder e influencia entre los petroestados y los países que compren un futuro más verde made in China? Nadie puede ver tan lejos. El panorama, por ahora, es el de un desorden multipolar profusamente alimentado con energía barata: una policrisis con drones y crudo pesado.
